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De Prometeo a ChatGPT: la historia del miedo a la tecnología que se repite desde la Grecia clásica

  • hace 10 horas
  • 4 Min. de lectura

Marcos Alonso, doctor en filosofía y especialista en ética tecnológica, defiende ante los líderes del sector digital que demonizar la IA es un error tan antiguo como la civilización occidental, pero advierte de que sus problemas reales (laborales, medioambientales e identitarios) no pueden ignorarse


Marcos Alonso, profesor de bioética en la Facultad de Medicina de la Complutense e investigador especializado en filosofía de la tecnología, fue la voz más inesperada del AMETIC AI Summit 2026. Y quizás la más necesaria. Ante una sala llena de ingenieros, directivos y responsables de política tecnológica, arrancó con una propuesta que podría haber sonado extravagante en cualquier otro contexto: para entender la inteligencia artificial, hay que retroceder 2.500 años. "Sin Grecia no existiría la inteligencia artificial, pero no sólo en un sentido espiritual, sino también en un sentido material", afirmó, recordando que los griegos inventaron el tornillo, la grúa y la ingeniería naval.


Prometeo y Pandora o el dilema eterno de la tecnología


Alonso usó los mitos griegos para cartografiar las dos actitudes primarias que los seres humanos han tenido siempre ante la tecnología. Prometeo, que roba el fuego divino para salvar a una humanidad sin garras ni pelaje, representa "la tecnología como salvación". Pandora, la mujer artificial creada por los dioses del Olimpo para castigar a los mortales, representa los peligros que toda tecnología trae consigo. "Los mitos griegos condensan muy bien una intuición que yo creo que todos tenemos: la tecnología trae consigo muchos beneficios, un gran poder, pero también tremendos peligros y posibles perjuicios".


Pero el verdadero protagonista de su ponencia fue Platón. El filósofo ateniense, explicó Alonso, no sólo expulsó a los poetas de su república ideal: también hizo una "crítica frontal, absoluta" a la escritura como tecnología, argumentando que producía "un falso saber", que era "inauténtica" y que nos hacía "más incapaces". Y lanzó la pregunta que recorrió la sala: "¿No escuchamos esto continuamente también respecto de la inteligencia artificial?"


Con el mito del anillo de Giges (un pastor bonachón que al volverse invisible se convierte en asesino y usurpador, base reconocible del Señor de los Anillos) Alonso ilustró la idea platónica de que hasta el más humilde objeto técnico puede corrompernos. "Con Platón queda fijada esta ecuación de tecnología igual a maldad, igual a perversión, igual a corrupción. Esto puede parecer caricaturesco, pero en el fondo sigue operando mucho, sobre todo en la academia y en el público general".


Los problemas reales, sin exagerar


Dejado claro que no venía a demonizar la tecnología, Alonso pasó a enumerar los problemas éticos concretos que plantea la IA y que, a su juicio, merecen atención rigurosa. El primero, el desplazamiento laboral: "A diferencia de la revolución industrial, lo que va a sustituirse son los puestos relacionados con el conocimiento, los puestos intelectuales y no tanto la fuerza física". El segundo, la perpetuación de desigualdades: "Aquellas personas y sociedades más rezagadas en términos tecnológicos pueden quedarse definitivamente atrás". El tercero, la dependencia: "Con la inteligencia artificial, sobre todo en sus modelos más accesibles, esto se va a ver cada vez más", en la línea de lo que ya ocurre con el GPS, sin el que "no podemos llegar casi ni a la vuelta de la esquina".


Alonso señaló también el problema de la responsabilidad: cuando un algoritmo toma decisiones que afectan a las personas, no hay nadie a quien pedirle cuentas. "Si un seguro médico o un crédito nos es denegado por un algoritmo, ¿a quién le pedimos cuentas?".


Las nubes tóxicas que nadie ve


El pasaje más incómodo de la ponencia llegó cuando Alonso abordó el impacto medioambiental de la IA, un asunto que calificó de "bastante desconocido para el público general". Señaló al concepto de "la nube" como responsable de ese desconocimiento: "Debería ganar, si no existiera, el Premio Nobel de la publicidad. Se nos evoca algo vaporoso, algo inocuo, algo limpio y quedó oculta toda la infraestructura material, toda la contaminación, todo el gasto energético". 

Aportó dos datos: en 2024, los centros de datos consumieron casi el 2% de la electricidad generada a nivel mundial; en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de basura electrónica, "casi siempre en vertederos situados en los países pobres, que son los más perjudicados". Su conclusión fue: "Más que la nube, en términos abstractos, deberíamos hablar de nubes tóxicas".


Una crisis de identidad como oportunidad


Alonso cerró con la reflexión más filosófica de toda la jornada. La irrupción de la IA, dijo, está generando una crisis de identidad colectiva: "Nos preguntamos quiénes somos, cuál es el sentido de nuestra vida, para qué servimos los seres humanos. La inteligencia artificial nos ha superado en ámbitos que considerábamos exclusivos de lo humano". Y apuntó una dimensión que suele quedar fuera del debate técnico: "¿Qué va a suceder cuando estos sistemas empiecen a sustituirnos también como compañeros, como amigos, como amantes? Esto puede parecer ciencia ficción, pero es algo que ya en cierto modo está sucediendo".


Su mensaje final, sin embargo, fue de apertura: "Todas las crisis son también una oportunidad. Tenemos que decidir qué tipos de seres humanos y qué tipo de sociedad queremos ser. Pero esto nunca lo vamos a hacer al margen de la tecnología".


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